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Era primero de diciembre de 2000, a una hora cercana al mediodía, Valentín
Paniagua, presidente del Gobierno de Transición, firmaba su indulto. Tras casi
nueve años de prisión injusta, Yehude Simon Munaro se enfundaba en un
interminable abrazo con Yail, uno de sus hijos, que había estado desde
algunos años apareciendo en los medios de comunicación, buscando
entrevistas, acampando en plazas y haciendo, con sus tres hermanos y su
madre, mil y una acciones en procura de su libertad, tras ser sentenciado a 20
años de prisión por un tribunal sin rostro en un juicio que no duró más de cinco
minutos y que careció de cualquier estándar aceptable. A partir de aquel día,
Yehude volvió a nacer para la política, para su familia, para él mismo. Sus
primeros años transcurrieron apacibles en Chiclayo. Como toda familia
provinciana de clase media, el padre tenía mucho peso en la formación de los
niños, y por eso decidió que estudiaran en un colegio de sacerdotes, sin
presagiar que aquello crearía una ligera crisis familiar más adelante. Yehude
Simon estudiaba con los hijos de los dueños de las haciendas, pero también
con los hijos de sus trabajadores. Compartía los recreos escolares y los juegos
de infancia con dos clases sociales que le hicieron comprender, a pesar de los
años, una realidad distinta. “Yo me encontraba en el centro de ambos, pero fue
una experiencia maravillosa”, asegura. Recuerda con especial cariño las
navidades, “era la fiesta más deseada no sólo por el significado de lo que
podían regalarnos como niños sino, además, por el encuentro de la familia y los
amigos, y la reflexión de lo que significaba Cristo como persona y como Dios.”
Originalmente quería estudiar medicina humana, pero había terminado un poco
“tierno” la secundaria y tenía dos dificultades: hasta quinto de media estaba
decidido a ser sacerdote, pero un día, visitando el convento San Francisco con
la decisión de entregar su vida a Dios, un evento lo hizo cambiar de parecer:
“Sentí una fuerza muy grande que me expulsaba de ese lugar y entonces me
dije ‘no quieren que sea cura’”. Entonces se decidió por la medicina, pero su
padre no quería dejarlo partir. “Tenía una beca para España y en ese tiempo
los hijos éramos muy pegados a los padres, sobre todo en familias árabes
como la mía, y, como mi madre quería que estudie Derecho, se produjo una
tensión familiar que ocasionó que opte finalmente por la Veterinaria”. Esa
experiencia lo llevó a tener mucho contacto con las familias campesinas, los
productores y “me di cuenta de que mi formación no estaba completa sin
comprender antes el significado de lo que era el campo y tener una
interpretación de la sociedad”. Por eso luego se licenció en Sociología.
- Winston Orrillo, que fue su profesor universitario, lo recuerda como un
estudiante “brillante y reservado”.
Fueron años impresionantes y maravillosos porque veníamos desde niños
escuchando lo que era la revolución cubana, la imagen del Che nos marcó
muchísimo. Yo ingresé en su mejor momento, en el año 1965 ó 1966. Y,
además, muchos países de América Latina estaban con dictaduras horribles.
- Ahí llega el bichito de entrar en política.
Yo tenía el problema de no haberme formado políticamente hasta ese
entonces, mientras que los que ingresaban a nuestra universidad (Universidad
Nacional de Lambayeque) eran, como en la mayor parte de la región norteña,
gente aprista; pero también con presencia de gente de izquierda, del MIR
(Movimiento de Izquierda Revolucionario). Entonces otra vez me encontraba en
el centro, venía de un colegio religioso y comenzaba a mirar las cosas de un
modo distinto. Descubrí a Mariátegui, a Vallejo, a Sartre, a Hermann Hesse –
“El Lobo Estepario” me marcó-, era la época del sacrificio de Javier Heraud y
eso nos ilusionaba mucho a los jóvenes.
La política y el infierno de la prisión
“Estuvimos muy alejados del país”. Simon hace un mea culpa y no rehuye a su
responsabilidad. Como parte de la izquierda peruana de los setentas, reconoce
que el discurso político que enarbolaba no empataba con la realidad nacional.
“Uno no puede hablar del pobre si no siente la pobreza, no puede hablar de
divisiones de clase si no siente el significado profundo de ello”. Su militancia
estaba subordinada a un ímpetu juvenil y a un radicalismo en sus acciones que
lo cegaron por algunos años. “Es evidente que mi interpretación de la época
fue errada, el muro de Berlín había caído y nosotros manteníamos principios
caducos sin que eso signifique que Marx sea caduco. Él nos dio lineamientos
para interpretar la realidad y, al igual que Mariátegui, fue pésimamente
interpretado”.
A mediados de los ochentas se formó la Izquierda Unida, el único esfuerzo de
la historia republicana peruana por unir fuerzas con visiones semejantes. La
idea, como su discurso, era revolucionaria y gratificante, por fin nacía en el
Perú un frente único de esas características, pero la realidad los golpeó contra
el piso. Yehude Simon llegó a ser Diputado por Lambayeque durante esos
años.
- ¿Qué pasó con la Izquierda Unida en la que usted militó?
La experiencia de la Izquierda unida fue maravillosa cuando trabajábamos en
provincias. Los provincianos siempre terminamos siendo mucho más cristalinos
y entregados que las cúpulas que viven en la capital de la República. Yo
recuerdo que en esa militancia en Lambayeque, Piura o Cajamarca, no
mirábamos partidos políticos, no veíamos a la Izquierda Unida como un Frente
sino como un todo. Ya cuando llegamos a la capital como congresistas
comenzamos a abrir los ojos y ver que todo el mundo estaba peleado. La visión
de los partidos que integraban ese grupo no era cómo llegar a gobernar sino
ver cómo se cae el otro para ser el único. Nos peleamos por el tonto afán de
tener cada uno su pequeño partido y no entender el papel de Alfonso
Barrantes, a quien reivindico en esta entrevista. Yo peleé con él y me siento
responsable, creo que no fuimos capaces de sumar.
Fue por eso, por mi radicalismo y porque creía que no había una opción
diferenciada con un contenido profundamente nacionalista. No como el
nacionalismo europeo, que termina siendo fascismo, sino como uno propio de
América, que recogiera el pensamiento de Bolívar, de Grau, de Cáceres. Por
ahí quisimos construir eso, y tenía mucha aceptación.
- Fue apresado en 1992 al volver al Perú luego de estar en Europa dando
algunas conferencias, incluso algunos países de ese continente le ofrecieron
asilo político, ¿se arrepintió de haber regresado en esas circunstancias?
No haberlo hecho hubiera sido darle en la yema del gusto a todas aquellas
personas que tenían rivalidad con nosotros, especialmente el gobierno, que
decía que éramos “embajadores del terror”. Yo sé a que a mi familia esto le
duele muchísimo, porque significó nueve años de cárcel, pero yo me siento con
la tranquilidad, primero, de mostrar que soy una persona con principios, porque
es muy fácil ser revolucionario en democracia, pero cuando las papas queman
me voy del país y vivo de la gloria. Yo no quería hacer eso, a pesar de que me
ofrecieron lo que tú bien dices. Yo preferí venir a afrontar eso sin pensar que se
iban a atrever a tanto.
- ¿Por qué cree que lo apresaron?
(Francisco) Paco Igartua lo analizó bien antes de cerrar su revista (“Oiga”):
Había que dar lecciones a los militares, recuerdo al General Salinas Sedó, que
intentó hacer un golpe constitucional; a los intelectuales; y a los políticos de
izquierda, por supuesto. El que más había vendido imagen de radical era yo y
había venido enfrentando a Fujimori. Cuando regresé de Suiza mi primera
acción fue movilizar a los jóvenes de Patria Libre y del APRA contra la
dictadura, la respuesta fue inmediata.
- Cuando se refiere al trabajo de la Comisión de la Verdad reconoce que todos
los políticos tuvieron una responsabilidad en los hechos de violencia. ¿Qué
responsabilidad concreta reconoce en usted?
En lugar de jugar a la unidad y bajar el tono de dureza de mis expresiones, no
ayudé en mi mensaje. Fui uno más de todos los que echaban leña al fuego. Lo
reconozco, acepto que fue una equivocación y habrá que corregirlo.
Otras pasiones
Sus amigos durante los años de prisión fueron el papel, un gusano que bautizó
como “Aristóteles”, y la pluma para poder escribir. “Eso me ayudó muchísimo,
tendrías que sentirlo para poder entenderlo”. La literatura llegó a su vida como
inmejorable ruta de escape de toda la impotencia que sentía al estar privado de
su libertad. Llegó, según cuenta, a hacer sus primeros manuscritos en papel
higiénico. Para él, la motivación de escribir era la de buscar al compañero con
el cual conversar. “Se sentía una soledad bárbara. En mi caso había sido
congresista y tenía una identidad propia, por eso el castigo fue más duro. No
había una tortura física pero sí una sicológica muy fuerte”.
Durante sus años de reclusión publicó el poemario “Hablar una vez más”
(1995); “El Pasajero y otros cuentos” (1998), una recopilación de narraciones
basadas en testimonios de otros presos y las injusticias que sufrían; y un
ensayo, “El grito de la Agonía” (2000), sobre la experiencia carcelaria “desde
dentro”. Incluso fue premiado por entidades internacionales como la
Organización de Escritores y Periodistas de Noruega y la Asociación
Internacional de Escritores “PEN”.
- Con esos reconocimientos que logró por su obra ¿no siente que
descubrió un talento que hasta ese momento no había considerado?
Winston Orrillo siempre decía que tenía talento para escribir y me animaba a
hacerlo. Siempre he escrito. A pesar de ser viejo, por ejemplo, tengo un diario,
que empecé a los nueve años y continué hasta el nacimiento de mi primera
hija. Ahí se paralizó todo porque entré a la vida política. Ahora mismo estoy
escribiendo, aparte de una novela, un ensayo sobre regionalización y
descentralización. Eso no muere.
Aún siendo lambayecano dice con orgullo ser hincha de la “U” antes que del
Aurich, “es muy difícil que eso se cambie, es como la vida misma”. Confiesa
haber sido un jugador más que técnico, guerrero -“por eso soy hincha de
Universitario”, afirma-. Esa gallardía lo llevó incluso a llegar a jugar en el equipo
amateur del Municipal de Chiclayo.
- Usted ha sido siempre muy católico ¿cómo conjugaba las ideas
marxistas con la práctica religiosa?
Yo no he sido un marxista ortodoxo. Me enseñaron a entender a Marx como
gente muy amplia, como maestro que daba las pautas para ayudar a entender
a la realidad. Yo lo he dicho públicamente, además era un hombre que estaba
aprendiendo. Pero el cristianismo nunca fue superado por nada.
- ¿Cuánto influyó su experiencia carcelaria en esa relación suya como
católico?
Yo siempre fui un devoto de la Virgen de Guadalupe, no sólo como madre de
Dios, sino también como símbolo de la revolución mexicana. En los momentos
más difíciles yo recurrí a ella y sentí su presencia, y la de un Cristo totalmente
renovador. Me ayudó muchísimo y jamás lo voy a negar, por más que le
moleste a algunos.
- ¿También lo ayudó la música, supongo, quizá su afición por Pavarotti?
Todo comenzó de muy niño cuando escuchábamos en casa a Renato
Bergonzini y a mí me encantaba su interpretación de “Celesta Aída”. De
repente un día de esos escuché a Pavarotti y me quedé fascinado. En los
momentos más tranquilos y en los más raros de mi actividad siempre tuve a
Pavarotti al lado.
Ese bastión de libertad y esperanza
Un buen día Yehude recibió la llamada de una chica pidiéndole que cure a un
perrito sarnoso que encontró en la calle. Allí conoció a Nancy, mujer con quien
lleva ya 32 años de matrimonio. “Entonces fui a su casa y nos quedamos a
conversar y ahí comenzó la cosa”, dice sonriente. Ese amor a prueba de todo
lo siente demasiado intenso: “de forma y de fondo, porque me gustó ella
físicamente y además es muy profunda”.
Cuando fue apresado en 1992, Yail, en ese entonces su hijo menor, tenía 8
años. Verlo luchando y haciendo lo suyo a pesar de su corta edad, lo convirtió
en el emblema de esa ansiada libertad. La familia entera pasó sendos años
peleando de la mano de instituciones de Derechos Humanos del país y el
extranjero. “Eso hizo que todos maduráramos mucho”. Eso de que la cárcel
endurece el alma es para él sólo una verdad a medias. En su caso, siente que
más ganó en sensibilidad: “Me daba un orgullo inmenso ver que lo que uno
estaba formando era gente de bien para el país”.
- ¿Cómo sobrellevó el no poder estar al lado de su último hijo, con quien
actualmente vive, durante sus primeros años?
La relación que ahora tenemos es excelente. Él no pudo gozar de su padre en
sus primeros momentos de formación, pero tuvo una madre que lo educó. Al
principio fue bastante difícil, a pesar del inmenso amor que nos teníamos
mutuamente. En estos momentos que me preguntas tengo la imagen de un
joven que coloca su cabeza en mi hombro y me pone la mejilla para que lo
bese. Pero además tenemos ideas diferentes, él se ha vuelto un anarquista que
se muere por el punk, que va contra muchas de las cosas que yo pienso, pero
el respeto que nos tenemos, a pesar de ser un niño todavía, abonan el cariño y
confirman que soy capaz de respetar sus formas de sentir y expresarse.
- Volver a casa luego de años de separación debió significar reconstruir esa
relación paterna con hijos ya profesionales y a punto de salir de casa, ¿cómo
fue ese proceso?
Fue muy difícil porque en la cárcel uno tiene una forma de vivir, muy dura, por
cierto. El estar encerrado te hace hablar más fuerte, y cuando regresas al
hogar que dejaste no mides los tonos, las distancias y vas viendo día a día que
en nueve años el mundo ha cambiado. Una recupera la libertad y tiene que
enfrentarse a una vida totalmente diferente.
El 2006 lo avizora complicado. Espera, sin embargo, que el presidente Toledo
termine su mandato constitucional “por el bien de la democracia” para que se
inicie por fin la “primavera definitiva”. Ve a Valentín Paniagua con gran
expectativa, como persona, porque tiene “una foja de servicios limpia”, pero
“yendo en un gran frente, donde Acción Popular tenga el peso que le
corresponde pero no el peso absoluto”.
Yehude Simon confiesa sentirse alegre de ser el político de mayor aceptación
en el país, pero también “con una gran responsabilidad sobre sus espaldas”.
Señala, sonriendo, no haberse soñado juramentando como presidente de la
República el 28 de julio de 2006, pero tampoco correrle a las circunstancias de
llegar al poder, “si es en ese año, en buena hora, será la oportunidad que
necesitamos para poner a prueba nuestras capacidades; pero, si no, será en el
2011 o el 2021. Total, tenemos vida para largo”.